Fecha:
           

Alfaroazul

Más chingones que bonitos

Fue un día de malas palabras.

El pasado 8 de marzo las mujeres levantaron la voz, hablaron fuerte, gritaron mentadas de madre y todas las groserías que les venían a la mente, el momento lo requería.

El enojo era generalizado, las historias desgarradoras, por lo que era más que justificado el encabronamiento.

Cómo no encabronarse si les habían matado, violado, ultrajado, desparecido a sus mujeres.

Cómo no encabronarse si el maltrato y los delitos en contra de las mujeres ocurren velozmente, mientras la justicia se toma su tiempo para ser aplicada.

En el enorme contingente había de todos los estratos sociales, indígenas, estudiantes, profesionistas, amas de casa, niñas y abuelas, todas con un objetivo bien definido, “que las escucharan” y para eso nada mejor que las malas palabras.

En los comentarios, mientras marchaban, se escuchaban denuncias de abandono, de indiferencia y a cada relato saltaban esas malas palabras que para unos son ofensivas, pero para la mayoría son un descanso para el alma.

Había consignas ingeniosas que estaban salpicadas de un “chingado”, “pendejo”, de una mentada.

Y es que las mujeres decidieron dejar de ser políticamente correctas y sacar desde el fondo de su alma y de su dolor esas palabras que reflejan con exactitud el nivel de molestia.

Llamaban la atención mujeres de clase alta, bien vestidas, pero que se hermanaban con sus compañeras en ese grito ofensivo, hiriente, de desprecio en contra de la indiferencia de las autoridades que observaban sorprendidas cómo el rencor las hacia despertar.

Por años, la manifestación de las ideas, los enojos se reservaban a las jóvenes, a las estudiantes, a las obreras, pero en esta ocasión lo sorprendente es que todas y, cuando digo todas, eran todas, estuvieron ahí, hombro con hombro, externando su molestia con un lenguaje de carretonero que parece es el único que si se entiende y que llama la atención.

Así que las malas palabras se convirtieron en el vehículo de la franqueza, de la sinceridad, de la claridad, de la honradez, del comentario atinado, del vocablo que duele, de eso se trataba.

Nunca como ese domingo 8 de marzo, en el que un “chinga tu madre” era el recordatorio perfecto de que no somos invisibles.

En la concentración feminista estaban reunidas las familias de las víctimas que cargaban con dolor la fotografía de su hija, de su madre, de su hermana, de su amiga y todas coincidían en que ya era tiempo de gritar, de ofender –vaya–, de encabronarse con quienes solo las miran, pero no las ven.

Hidalgo cambió, México cambió, todas y todos cambiamos, ahora solo resta no bajar la guardia, mantenerse alertas, hacer respetar los derechos de las mujeres y si ni así entienden, entonces nada como utilizar las malas palabras.

Nada que un “chingado” no resuelva.

Palabras más, palabras menos. Y ahora sí, los hidalguenses salimos más chingones que bonitos y para enfrentar la epidemia del coronavirus o dicho más científicamente Covid-19, se anunció que hasta el momento no ha llegado a nuestro estado ningún caso del padecimiento, pero que si por pura desgracia llegara un caso positivo –que tocamos madera–, en tan solo tres días tendríamos listo un hospital inflable para atender la contingencia. O sea que los chinos nos la pelan.

Además, se informó que hay medicamentos, hospitales, camas, médicos entrenados, todo lo que se necesitaría si acaso llegara el coronavirus, cosa que aún no ha sucedido.